El modelo

Llevábamos ya un tiempo viviendo en París, y parecía que ésta iba a ser nuestra ciudad definitiva. Mi madre se dedicaba a hacer arreglos de costura y mi padre era pintor. Decía que ésta era una ciudad con muchas oportunidades y que era un buen lugar donde cursar mis estudios sobre arte y literatura cuando llegara el momento. Todavía faltaba un año para que llegara ese momento. El haber cambiado tantas veces de escuela, me había hecho una muchacha errante, no solía relacionarme mucho con mis compañeros ni con la gente en general; me pasaba el día ensimismada leyendo libros. Me encantaban los libros que contaban historias sobre otras personas; historias de amor, aventuras…era mi manera de relacionarme con esas personas, a través de las páginas yo podía saber todo sobre ellos, cómo se sentían, en qué pensaban…

Me gustaba volver a casa paseando, me fijaba en la gente y me imaginaba sus historias; la dependienta de la sombrerería que siempre estaba triste, el joven que repartía los periódicos e iba esquivando el tráfico con su  bicicleta…

Por las tardes solía ayudar a mi padre en el taller, le ayudaba a preparar las mezclas, a montar los lienzos e incluso preparaba el té para las modelos mientras esperaban. Mi padre era muy concienzudo y estricto con su trabajo y no le gustaba ser observado mientras trabajaba, así que cuando comenzaba los primeros trazos yo tenía que esfumarme del taller. Lo que no sabía era que yo solía quedarme a observar. En algunas ocasiones ellas posaban desnudas, había algunas escuálidas pero había otras realmente bonitas, con las curvas perfectamente marcadas, parecían auténticas esculturas.

Venían pocos hombres al taller, y nunca me habían llamado la atención más allá de lo normal, eran modelos que venían un rato a casa y punto. Solían venir hombres de dinero para que mi padre les retratara, pocos venían a posar por dinero como hacían las mujeres y eran más bien parcos en palabras, así que no me sentía atraída por sus historias. Hacía unos días que había empezado a venir un joven  nuevo, había estado hablando largo rato con papá y parecía que pronto iban a empezar el trabajo. El primer día que lo ví se marchaba ya cuando yo entraba a casa; no era tan  alto como la mayoría de los parisinos, pero tenía unos brazos fuertes e iba muy bien vestido. No creo que tuviera más de 25 años, pero aparentaba una vida bastante acomodada. Yo solía pasar desapercibida, pero cuando entré en casa me fulminó con la mirada, me quedé paralizada. Esa noche no pude conciliar bien el sueño.

Al día siguiente volví pronto y estuve ayudando a mi padre en el taller, me habló de su nuevo modelo, un joven de las afueras que había heredado recientemente la fortuna de su padre. Iba a posar desnudo, no era muy usual. Antes de que llegara él yo ya me había esfumado, bueno me había colocado en mi escondrijo entre las cajas del fondo del taller. Tenía verdadera curiosidad por ver el cuerpo de aquel joven. Se desnudó con mucha naturalidad, como si estuviera acostumbrado a exhibirse y se tumbó sobre el viejo diván que había en el taller. Me quedé impresionada al ver su miembro. Nunca había visto nada igual. Siempre que había visto el pene de algún hombre, orinando en plena calle o mostrándolo en público sin más, me había parecido algo muy grosero.

Esta vez era diferente. Su cuerpo me pareció hermoso, era desgarbado y se movía con mucha gracia. El vello le cubría ligeramente la  piel, no era pálido como muchas de las modelos femeninas, y todas las líneas a su cuerpo perfectamente marcadas, parecía estar dibujado. Y luego estaba su sexo; era grande y al verlo moverse cuando caminaba me pareció que tenía vida propia allí entre sus piernas. No pude quedarme a observar toda la sesión. Salí con sigilo del taller y subí a mi habitación, me había puesto muy nerviosa. Me había ruborizado y sentía un hormigueo extraño entre mis piernas. Como si quiera librarme de aquella sensación  me llevé la mano a la entrepierna y la noté muy húmeda, mis dedos se deslizaron solos y noté una sensación agradable. Empecé a tocarme por el resto del cuerpo notando cada vez más calor. Me asustó aquella sensación y paré cuando empecé a jadear. No sabía qué me había pasado.

Al día siguiente volví a bajar al taller a la misma hora. El escultural modelo estaba allí recostado en el diván, mirando hacia ninguna parte, parecía distraído mientras mi padre sólo tenía ojos para los lápices y el carboncillo. Esta vez la sesión duró bastante rato y él se levantaba de vez en cuando para estirarse y cambiar de postura. Entonces me vio. Volví a recibir aquella mirada de nuevo y mi cuerpo se paralizó. Esbozó una ligera sonrisa, quizá al sentirse observado, no parecía importarle. Cuando llegué a mi habitación esa tarde me quité la ropa apresuradamente y me tumbé encima de la cama, acaricié la hinchazón de mi sexo y esta vez continué hasta el final. Me acariciaba los pechos con la otra mano mientras notaba un hormigueo por las piernas; mi cuerpo me pedía que aumentara el ritmo y así lo hice, entonces mi cuerpo estalló y una oleada de contracciones inundó el interior de mi sexo. Me quedé así, inmóvil, durante largo rato, estaba medio mareada pero tenía una sensación de bienestar tan grande, que pensé que era lo más maravilloso que me había pasado hasta entonces.

Estuve varias tardes sin volver por el taller, las pasaba  en mi habitación con la excusa de leer para un trabajo importante de la escuela. Leía a mis autores favoritos, pero no conseguía concentrarme. No podía sacarme de la cabeza a aquel hombre, tenía grabado en la mente el movimiento grácil de su miembro mientras caminaba, y como no podía seguir leyendo acababa masturbándome para calmar la ansiedad que sentía. Sentí la necesidad de volver a verlo, pero cuando volví al taller lo que encontré fue a dos modelos de las veteranas, me parecieron blancuzcas y aburridas así que las dejé allí esperando a papá.

Esa noche, después de darme placer, empecé a pensar que tal vez no volviera a verlo más y se me formó un nudo enorme en la garganta. Mi cuerpo experimentaba unas sensaciones, más bien necesidades…quería que él me diera placer a mí y  la sola idea de no volver a verlo más me hacía sentir muy desdichada, apenas dormí aquella noche. Después de esa noche vinieron más, me masturbaba para consolarme pero no era suficiente.

Un día, de regreso a casa noté algo extraño, tenía la sensación de que alguien me seguía. Caminé un poco más deprisa y me metí dentro de la sombrerería con la esperanza de que la persona que me siguiera pasara de largo. Me quedé mirando por el cristal del escaparate y cuál fue mi sorpresa cuando vi al joven modelo. Me miró fijamente, sonrió y siguió caminando. Salí entonces a la calle y caminé detrás de él; me sacaba unos metros e iba a paso ligero. Me empezó a latir el corazón muy deprisa. Seguí caminando detrás de él que se paró en el bordillo esperando a que cruzara un coche, pensé que lograría alcanzarlo pero cruzó antes de que yo llegara y enseguida otro coche pasaba y tuve que pararme yo. Al llegar al otro lado se volvió y me derritió con la mirada, yo sonreí y tuve la sensación de que mis mejillas ardían, y no sólo mis mejillas… Le seguí hasta un portal en una calle poco concurrida, el descansillo estaba en penumbra pero sabía perfectamente que no estaba sola allí. Se acercó de forma furtiva apoyando una mano contra la pared, haciéndome presa

-He visto cómo me observas

Me armé de valor y le sostuve la mirada.- Me fascinó lo que vi- dije, con una osadía desconocida en mí

-¿Te gustaría sentirlo?- y se apretó contra mí. Cómo si en algún momento hubiera tenido intención de huir…

Sentí el bulto de sus pantalones debajo de mi ombligo e instintivamente junté mi cadera con la suya, palpitaba por dentro. Sus labios se acercaron primero con timidez, me dio un tierno beso

-No te haces a la idea de cómo te deseo

Abrí mi boca y me dejé llevar respondiendo a ese beso mientras sus manos tocaban mis muslos, metió la mano entre las ligas y puso los dedos sobre mis bragas y comenzó a acariciarme. Movía la mano arriba y abajo, la fricción que producía sobre mis bragas era como electricidad para mí; entonces metió la mano por dentro, me separó los labios e introdujo el dedo índice dentro, lo movió trazando  círculos, como si mezclara los ingredientes de un sabroso pastel. Sacó el dedo impregnado de mí y se lo llevó a la boca. Eres deliciosa.

Me cogió en brazos y movió sus caderas hacia mí, era tal el estado de excitación en que me encontraba que pensé que ya me había penetrado. Estaba un poco asustada pero me dejaba llevar. Seguía conmigo en brazos cuando entramos en la casa. Me soltó y cuando puse los pies en el suelo pensé que no me sostendrían. Se sentó en una silla y abrió las piernas y apoyando sus codos sobre ellas, me soltó una sonrisa burlona

-Ahora soy yo el que quiere verte a ti. Desnúdate para mí

Él se había quitado ya la camisa, mostrando aquel torso perfecto. Ahora podía verlo más de cerca, con la capa de vello varonil que lo cubría, me gustaba todavía más

Vacilé un poco antes de quitarme los zapatos. Desabroché lentamente los botones de la camisa y la dejé abierta, me hizo un gesto con la mirada y me la quité del todo. No sabía cómo quería que lo hiciera, creo que sólo quería que me quitara la ropa, no que lo hiciera de ningún modo especial. Me desabroché la falda y la deje caer al suelo, solté las medias del liguero y me las quité con un torpe movimiento. Él sonreía. Me desabroché el sostén y bajé mis bragas. Se levantó de la silla y se acercó; me soltó el pelo de la coleta sin dejar de mirarme y acarició mis hombros mientras colocaba el pelo que caía sobre ellos. Me acaricio los pechos y los apretó como el que comprueba si la fruta está madura;  volvió  a besarme, esta vez respondí con avidez, le agarré del cuello y le atraje hacia mí. Nos dimos un largo beso, como si estuviéramos hambrientos el uno del otro. Se separó para terminar de desnudarse. Tragué saliva al ver aquello; no era tal y como lo recordaba, era mejor. Más grande y tieso y al acercarse rozó mi muslo con la punta. Era como si hubiera llegado la recompensa a todo este tiempo esperando. Me llevó al sofá y me dijo que me tumbara. Empezó a lamerme los muslos y acariciarme a la vez, imaginaba lo que iba a pasar después, pero no lo que iba a sentir. Cuando su lengua llegó a mi sexo clavé mis uñas en la tela del sillón y me aferré a él como si una fuerza superior me elevara y yo luchara contra ella. Los cambios de ritmo me volvían loca. No imaginaba que una lengua pudiera hacer esas maravillas. Metió un dedo con suavidad, él debió notar mi miedo y mis ojos delataron la inexperiencia. Pareció comprenderlo. Pero yo quería complacerlo a él también así que me incorporé y empecé a tocarlo. Quería sentir como era su piel, a qué sabía. Era como penetrar en el alma del cuadro que protagonizaba. Volví a mirar aquel miembro, el aspecto que tenía, me asustaba un poco pero me fascinaba a la vez. Acerqué mi mano con timidez y él me ayudó a ponerla alrededor, cuando lo tuve entre mis manos por primera vez, pude ver en su rostro una expresión de sorpresa y goce a la vez. Guio mi mano al principio, luego continué yo sola, él tenía los ojos cerrados y disfrutaba con el calor de mis manos; sorprendentemente me encontraba muy excitada aun sin estar tocándome, sólo le tocaba a él. Él me había dado placer con la lengua y pensé que yo también podría hacer lo mismo con él, pero no sabía cómo hacerlo para que le resultara agradable, así que pensé en besarlo. Adoraba ese miembro tanto como para besarlo y eso fue lo que hice. Acerqué mi boca húmeda a la punta y le di un tierno beso. Él se sobresaltó por mi atrevimiento pero se relajó al ver mi disposición. Abrí la boca y lo besé con la lengua; pareció gustarle porque no pedía que parara, ¿sería así cómo se hacía? Abrí más la boca y lamí la punta entera, me iba animando; mientras sostenía la base con una mano, recorrí el miembro entero de arriba-abajo con la punta de la lengua. Él hizo ademán de penetrarme la boca y me la metí hasta la mitad. Abrí la boca deprisa al sentir la náusea en mi garganta. Se me estaban saltando las lágrimas, me pidió que volviera a intentarlo más despacio, había sido un poco brusco no teniendo en consideración que le estaba regalando mi primera felación. Volví a probar a lamer la punta y esta vez abrí la boca despacio y lo fui introduciendo poco a poco, controlando yo el ritmo me iba sintiendo cada vez más cómoda. Se levantó  y de nuevo se sentó en la silla, yo estaba de pie a su lado mientras me acariciaba el sexo de nuevo, abría mis labios mientras hacía círculos en el clítoris con el pulgar. Me senté con las piernas abiertas sobre las suyas, me dijo que íbamos a hacerlo así para que parara cuando yo quisiera. Acercó el miembro a la abertura de mis labios y me pidió que descendiera poco a poco. Sentí un cosquilleo agradable cuando me rozó la punta, él se la sujetaba con la mano firmemente mientras bajaba poco a poco. Salí de golpe al notar una punzada de dolor, pero volví a intentarlo. Estaba muy húmeda y me entró con relativa facilidad; abrí más las piernas instintivamente hasta engullirle…Empecé a moverme sobre él, había llegado el momento que tanto había ansiado y no era cómo había imaginado; dolía, dolía y a la vez me causaba alivio, él me agarró por las caderas y acompasó  mi movimiento con el suyo. Tenía la cara ya casi desencajada cuando me elevó para salirse de mí pero me mantuvo sentada sobre él. Derramó sobre mi muslo una leche blanquecina, que fue resbalándome y mezclándose con los jugos sonrosados que habían manado de mí; había sangrado. Por fin lo había sentido dentro de mí, me había llenado con ese miembro que tanto había admirado y anhelado, pero a la vez notaba vacío dentro de mí. Quizá fuera decepción. Rompí a llorar desconsoladamente, pensando que eso era todo a lo que podía aspirar, que esa era la meta.

-Vístete-

Me secó las lágrimas con un pañuelo suave, me dio un beso e hizo una mueca

-Esto es sólo el principio.

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