Llegar a tiempo

Elena salió del hotel como todas las mañanas, miró hacia arriba y allí donde despuntaban los rascacielos se asomaba tímido el brillante y frío sol de invierno. Era pronto pero las anchas aceras ya estaban abarrotadas de gente que iba de un lado para otro. Hacía frío, así que caminó deprisa hasta que perdió la noción del tiempo y no recordaba bien en cuál de las gigantescas avenidas se encontraba. Pronto se ubicó, se orientaba por las tiendas, con sus grandes escaparates de cristales impolutos. Parece mentira, que siendo tan poco aficionada a la moda, se guiara por los bolsos, zapatos y trajes que llevaba viendo a diario desde hacía casi ya un mes. El parque era su válvula de escape, estaba cubierto por la fina capa de nieve caída la noche anterior, la previsión para los próximos días era que cayera más. Elena nunca había visto la nieve, no hasta este viaje. Había sido la primera sorpresa agradable desde que estaba allí. Fue a un puesto de comida para llevar y volvió al banco enfrente del pequeño lago que era su rincón favorito.
Volvió caminando al hotel, pasó una fugaz tarde con Daniel, su marido, hablando de lo bien que había ido la función de la noche anterior. Daniel era actor y tenía trabajo allí para unos meses. Una obra de teatro, la adaptación de una conocida película española de los 90, doble sesión todas las noches. Estaba resultando todo un éxito. Elena se alegraba por ello, se alegraba por Daniel, pero por dentro notaba una amarga sensación sólo de pensar en quedarse allí mucho más tiempo. Había viajado hasta allí para acompañarle, mientras él pasaba gran parte de la tarde y de la noche en el teatro, y parte de las mañanas durmiendo; ella caminaba por la ciudad. A veces comían juntos.
Elena se metió en la cama sola, como casi todas las noches. Aunque el hotel tenía bastante categoría y la habitación era muy acogedora, seguía teniendo la sensación de dormir en una cama extraña. Las sábanas estaban frías, en todos los sentidos. Dio vueltas a un lado y a otro, sudó pero las sábanas seguían estando frías, estaba clarísimo, el insomnio había vuelto para acompañarla una noche más. Decidió masturbarse, intentó imaginar una situación excitante, curiosamente no pensaba mucho en Daniel cuando se lo hacía ella sola, al menos no en los últimos meses. Él era muy detallista a la hora de proporcionarla placer, pero no era el recurso visual que su mente proyectaba cuando se tocaba. Los orgasmos cada vez eran menos intensos y frecuentes, como si su energía interna estuviera debilitada. No conseguía excitarse, se quitó las bragas y apenas notó humedad entre los labios. Se metió dos dedos en la boca para humedecerlos y ayudar a deslizarlos mejor a través de su sexo. El clítoris y sus alrededores parecieron despertar del letargo, sintió ya un vívido hormigueo alrededor de toda la zona crucial, tenía los ojos cerrados y la mano izquierda acariciando su pecho por debajo de la camiseta. Friccionó el sexo con más fuerza, no conseguía arrancar, estaba desconcentrada. Abrió los ojos. Gatillazo. No era la primera vez que le pasaba. Se puso los vaqueros y una chaqueta y bajó al bar del hotel.
El ambiente era tranquilo, se sentó en la barra y pidió un Martini. Desde allí podía ver a prácticamente todo el mundo. Echaba de menos poder fumar en los bares, aunque tenía que reconocer que el olor que se respiraba era muy agradable, quizá fuera por las velas, aun así en un momento como ese echaba de menos hasta el olor a tabaco. Miró hacia la mesa de unos jóvenes trajeados que reían sin parar mientras tomaban unas copas. Se fijó también en la pareja que estaba sentada en una mesa cerca del ventanal y la mirada que cruzaron la mujer y el pianista mientras su acompañante masculino estaba en el baño. Miró hacia el cristal, y contempló la ciudad plagada de luces, vital y llena de movimiento; después se vio reflejada en el espejo de la pared. Ella parecía estar apagada.
Pidió otra copa y se sentó junto a ella un hombre moreno, de unos cuarenta y tantos, pensó. También parece triste, pensó ella. Se sorprendió al darse cuenta que hablaban el mismo idioma, empezaron entonces una conversación. Él era un cocinero español de bastante prestigio, aunque ella no sabía quién era, y había venido para participar como jurado en la fase final de un concurso televisivo sobre cocina. En España eso estaba ahora muy de moda.
Al día siguiente se encontraron en el parque, resulta que a Antonio, que así se llamaba, también le gustaba el pequeño lago cercano al puesto de perritos calientes. Quizá hubieran coincidido allí alguna que otra mañana, pero no habían reparado el uno en el otro.
-Llevo poco tiempo aquí, y sólo he salido a pasear algunas mañanas.- dijo él.
En realidad más bien pocas, ya que dormía frecuentemente por las mañanas porque también padecía de insomnio y harto de mirar al techo había empleado muchas noches en salir y acostarse con mujeres que no eran su mujer.
-¿por qué lo haces?.- preguntó ella. Aunque después de escuchar una conversación que acababa de tener por teléfono pareció comprender. Estaba hablando con su mujer como el que hace trámites con un comercial. Elena entonces pensó que quizá estuvieran aburridos de su matrimonio. Los dos.
Él se encogió de hombros. Quizá hasta ese momento no se lo había planteado. No recordaba exactamente cuanto tiempo llevaba haciéndolo, de lo que estaba seguro era de que coincidía con el momento en que la vida con Maika había empezado a ser monótona. El sexo rutinario, las discusiones eran hasta ridículas. Eso sí que lo echaba de menos, discutir de verdad. Quizá por eso seguían juntos, porque no habían tenido ninguna tempestad que capear, simplemente se habían aburrido y acomodado a la distancia, y ninguno de ellos se atrevía a dar el paso definitivo.
Esa noche volvieron a coincidir en el bar, conversaron y rieron mucho. Elena disfrutaba mucho con el sarcasmo de Antonio y se sentía cómoda al compartir las horas con alguien que no la presionara en cuanto a tomar un camino u otro en el ámbito profesional. No la gustaba sentirse presionada, aunque quizá el afán de complacer a Daniel era lo que la había arrastrado hacia allí.
Seguía despierta cuando llegó su marido esa noche. Totalmente desvelada, la encontró viendo una película. Se acurrucó junto a ella sin percibir el frío que inundaba sus sábanas desde hacía tiempo, no sabía si era la sensación de culpabilidad que tenía al dejarla sola prácticamente todo el día o era verdadero deseo lo que sentía en ese momento. Tenía confianza ciega en ella, pero la notaba distante. Distante no, ella estaba fría, aunque respondió inmediatamente al notar la erección palpitando contra su muslo. Aparcando por un rato su apatía, se tocó por dentro de las bragas para comprobar que sí, que algo excitada sí estaba. Hundió su cuerpo hábilmente entre las sábanas y desnudó a Daniel con un par de movimientos, se desprendió de las bragas y la camiseta y fue a lo seguro. La verga estaba ya dura cuando se la introdujo en la boca, sólo con un par de chupetones más se hinchó tanto que podía recorrer sus prominencias venosas con la punta de la lengua. La encantaba sentirla tan tersa, tan delicada y soberbia a la vez. Dura e imponente, pero frágil a esa escasa distancia de sus dientes. Quiso metérsela dentro enseguida, quizá para terminar pronto, no esperaba una maratoniana noche de sexo y no quería hablar con Daniel de los problemas que tenía últimamente para llegar al orgasmo. Él contraatacó luchando contra ella, volteándola y poniéndola boca arriba haciéndose valer de la fuerza. La sujetó por las caderas y comenzó a besar su cuello, lamía la piel y volvía a besarla después. Mordisqueó sus pezones hasta hacerlos endurecer y los inundó con su saliva mientras los envolvía de nuevo con un beso. Descendió por el vientre hasta llegar al sexo, introdujo dos de sus suaves dedos y dejó caer la lengua hasta el límite del vello. Ella anhelaba un buen cunnilingus, de esos de correrse y todo… pero Daniel sólo se lo hacía como un preliminar más. Quizá sólo tenía que sugerirlo, pero es que hasta eso ya le daba pereza. Se relajó e intentó disfrutar lo que pudo del momento, que no estaba nada mal. Estaba muy excitada, pero sabía que el clímax quedaba muy lejos, al menos esta noche. Quizá si no pensaba tanto… A él se le veía cómodo haciéndolo, su polla no había perdido el vigor e incluso parecía más tiesa si cabe. ¿Fingir un orgasmo? No, eso nunca lo había hecho y no se sentía capaz de hacerlo. Por fin la penetró, la embistió lentamente apretándola contra el colchón, la presión contra su cuerpo la producía un inmenso placer, sentía hasta calor, pero nada más. Él era muy hábil cuando se movía dentro de ella, la besaba mientras hacía que se riera a la vez. Él solía partirse de risa al verla así, y entonces era cuando se corría, gimió profundamente mientras hundía la cabeza en su cuello. Estaba exhausto y tardó unos segundos en salir de su interior. Se besaron y ella se dio la vuelta, fingió quedarse dormida. Eso sí podía hacerlo sin problema.
Quizá el problema estaba en su cabeza. Claro, era eso, y por eso él no tenía que darle vueltas. Para eso ya estaba ella. Daniel en realidad actuaba como si nada, no veía problema alguno, aunque para ella los días de su existencia estuvieran vacíos hasta que Antonio había aparecido en ellos. Tenía alguien con quien reír, con quien conversar y con quien pasar las horas sin sentirse a prueba. Él también era imperfecto, como ella, así que no tenían que demostrarse nada el uno al otro. Se limitaban a compartir sus ratos de aburrimiento sin esperar nada más. No se habían besado, ni siquiera se habían tocado, pero sus almas se encontraban muy próximas. No habían hablado de ello, lo habían obviado simplemente, esa noche después de cenar juntos y sentir que el final estaba cerca, casi se habían besado. Él se marchaba a España la mañana siguiente y ella vio en ese viaje su posibilidad de escapatoria. Él sólo tenía que pedírselo, ¡aunque fuera con sus ojos! ¡si lo hacía compraría ese billete de vuelta! Durante la cena, hablaron de nuevo sobre sus vidas, sobre lo que este viaje les había cambiado. Él había decidido dejar a su mujer y ella, bueno ella seguía estando perdida pero por fin sabía donde no quería estar y compró ese billete de regreso a España en cuanto llegó a la habitación del hotel. Se habían despedido con un “hasta luego” porque habían quedado en despedirse por la mañana en el hall del hotel antes de que él se marchara.
Cuando llegó a la cama se despojó violentamente de la ropa que quedó esparcida por el suelo. Se llevó dos dedos a la boca y con los mismos dedos de la otra mano se tocó el sexo. Empapado. Besó la palma de su mano como si besara la boca de otra persona. Sintió un intensó calor a través de la piel, pero más intensamente en la zona del tórax, pasó los dedos por encima de las costillas imaginando que eran las teclas de un piano imaginario. Volvió al sexo, el clítoris estaba intratable, sensible e hinchado pero anhelante de atención. Metió dos dedos dentro y al sacarlos los restregó por su botón de placer, friccionó arriba y abajo mientras doblaba las rodillas, como preparándose para recibir un sexo desconocido pero igualmente deseado dentro de ella. Imaginaba unas manos nuevas y expertas tocándola, con cautela primero pero con la seguridad que aportan los dedos ya resabiados. Acarició la fina piel de sus muslos y volvió al interior de los labios, saboreó sus jugos y volvió al clítoris, lo frotó con violencia hasta que, ¡oh! ¿era posible? Un ejército de hormigas pareció trepar por el interior de sus piernas para mordisquearle los labios del sexo y producir una brutal descarga que la inundó en una profunda ola de placer, sus piernas temblaron y parecieron quebrarse allí mismo, encima de la cama.
Esa noche ella durmió profundamente.
A la mañana siguiente se despertó con una extraña sensación de paz y excitación adolescente. Miró hacia la mesilla y vio la hora: las siete menos cinco. Habían quedado a las ocho. Tenía tiempo de sobra. Se levantó y fue a la ducha sin hacer ruido. Hizo la maleta mientras Daniel la acompañaba con sus ronquidos y cerró la puerta sólo mirando atrás por si se había dejado algo por encima. Bajó al hall y se sentó a esperar. Se vio sonriendo en el reflejo de un cristal. Se le pasó por la cabeza que a él no le entusiasmara que regresaran juntos. ¿Cuánto tiempo llevaba esperando? Miró hacia su muñeca pero no llevaba puesto el reloj. No, ella había bajado temprano, quizá fuera con la hora justa. Tragó saliva al darse cuenta de que sí llevaba bastante esperando. ¿Y si le había pasado algo? Decidió acercarse a recepción y pedir que le llamaran a la habitación a lo que recibió como respuesta:
-El Sr. de las Cañas abandonó la habitación esta mañana a las ocho en punto.-
Totalmente confundida y apunto de verse inundada por las lágrimas emprendió el camino de regreso a la habitación. Cuando entró, dejó la maleta al lado de la puerta y volvió a mirar el reloj de la mesilla, seguían siendo las siete menos cinco.

1 Comment

  1. Albita mi niña! Genial como siempre.. y diferente al resto pero me ha encantado! Porque estas deseando saber el final! Esperando ya otro relato! Muaaaaa

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