Tza-Tza

TZA-TZA

Las gafas empezaban a escurrírsele a Irene a través de su nariz. Las subió mientras levantaba la cabeza y buscaba con los ojos el mechón distraído de Matteo. Llevaba varios meses visitando cada tarde la terraza de ese restaurante para tomarse un capuccino y disfrutar de las vistas. Llevaba allí desde octubre pero había tardado un mes en descubrir el atractivo que despertaba aquella terraza en concreto. El tiempo otoñal le dio un encanto a las primeras semanas, la soledad de empezar de nuevo en una ciudad desconocida se llevaba mejor con la compañía de todas las personas que atravesaban una de las plazas peatonales más transitadas. Su beca de estudios duraba todo el curso y, sumado a la poca habilidad para establecer nuevas relaciones debido a su timidez no era el típico plan para una estudiante de Erasmus en una de las ciudades con más encanto de Italia. Cualquiera se hubiera apuntado a clases de cualquier cosa con tal de conocer gente e integrarse, pero en vez de eso, Irene cambiaba planes con tal de pasar una hora leyendo y saboreando un café en esa terraza. Una tarde de invierno, cuando apenas había gente ni paseando ni pasando por allí, algo despertó más atención que su libro: el camarero. Hablaba un Italiano con un acento muy pronunciado y le costaba entenderle, así que se limitaba a sonreir y agachar la cabeza ruborizada ya que la ponía muy nerviosa. Él hacía verdaderos esfuerzos por hacerse entender, pero Irene no daba pie a una conversación porque las palabras se le quedaban atrapadas en la espuma de la leche. Le gustaba el capuccino caliente porque así tardaba más en tomárselo, soplaba y miraba hacia las otras mesas, miraba como se movía, como sonreía, y volvía a mirar hacia la plaza. Volvía de nuevo los ojos hacia él, llevaba un vaquero ligeramente ajustado justo debajo del lazo del delantal, y siempre iba con una camiseta negra que le quedaba ligeramente holgada, perfecto, no era necesario porque ella trazaba el contorno de su piel a golpe de imaginación, de eso no andaba escasa. Aun así,  era su sonrisa lo que la tenía enganchada.

No sabía porqué, pero había dos cuartos de baño en el local y uno de ellos a veces estaba cerrado; estaba en el piso de abajo y una tarde se convirtió en un improvisado escondite donde pudo recomponerse durante unos minutos. Esa vez la sonrisa se había detenido delante suyo, a un escaso metro de distancia. Había levantado la mirada y se sintió clavada a la silla, paralizada, acalorada y ruborizada. Frotó sus muslos entre sí y notó la facilidad con que estos deslizaban. Estaba empapada. Volvió a mirarlo y seguía allí, con su mechón de pelo castaño y una cuidada barba que envolvía los dientes que, pieza a pieza, componían aquella irresistible sonrisa.

¡Menos mal que estaba allí refugiada en el baño! Casi se cae por las escaleras, nerviosa, acalorada y con esa facilidad de movimientos que otorgaba la lubricación extra que manaba de su entrepierna. Había un pequeño sillón en la estancia y se sentó en él casi dando un traspié. Abrió las piernas y levantó su falda mientras apretaba la mano derecha contra sus bragas, sintió la presión contra su sexo y soltó aliviada para apretarse de nuevo mientras era observada por los tranquilos pájaros que decoraban el azul papel de la pared. Estaban colocados en pareja, mirándose los unos a los otros, aunque ella estaba segura de que alguno miraba de refilón como calmaba su deseo a golpe de dedos. Cuando se recompuso, se lavó las manos y la cara y se miró en el gran espejo que cubría casi por completo la pared. Tenía las mejillas sonrosadas y todavía temblaba un poco al caminar. Apenas se había recompuesto de aquello cuando, al salir, se cruzó con Matteo subiendo las escaleras. Miró hacia arriba mientras él bajaba y se fueron a cruzar justo en la curva de la escalera, donde los escalones se tuercen y el espacio es más reducido. Sintieron la madera crujir bajo sus pies cuando sus brazos se tocaron al cruzarse, de haberse podido escuchar, se hubiera notado el chispazo que se produjo al tocarse por primera vez. No había sido casual, él había deslizado sus dedos buscando la piel de Irene, un impulso, algo que a ella no le pasó inadvertido y volvió atrás la cabeza para mirarlo haciendo que casi perdiera el equilibrio. Él sonrió, ella también y subió con decisión los escalones que faltaban para pisar de nuevo suelo firme.

Salió a la puerta y respiró aire puro, estaba nublado y hacía un día de perros, pero le pareció grandioso poder respirar de nuevo fuera de esas cuatro paredes.

Estuvo dos días sin aparecer por allí, por primera vez encontró cualquier cosa más interesante que ir a tomar café. Sabía que algo había cambiado y estaba retrasando el momento de su reencuentro con Matteo, aunque en el fondo lo estaba deseando… pero temía perder el control de nuevo. Finalmente, al tercer día volvió, pero él no estaba. Sopló y sopló el café para acabar rápido, así durante una semana con sus siete días. Por fin al octavo día apareció. ¡Una semana le había parecido una eternidad! El brillo que le acompañaba en sus ojos esos días se intensificó al verle y tenerlo de nuevo enfrente. Fue capaz de sostenerle la mirada durante 5 largos segundos, después claudicó y bajó de nuevo la cabeza sonriendo. Se siguieron con la mirada durante todo el capuccino, al terminar, estaba dudando si pedir otro o marcharse. Estaba dándole vueltas al tema cuando advirtió que él llevaba un rato sin aparecer por la terraza. Aprovechó entonces para bajar al baño. Había un cordón rojo que impedía el paso, pero hizo caso omiso y lo pasó por encima, una corazonada le impulsó a bajar las escaleras.

Volvieron a encontrarse allí, pero esta vez, en vez de ir cada uno por un lado él se lavó las manos y se quedó apoyado en el lavabo mirándola y empezando una conversación. Ella dudó si entrar tras una de las puertas o acercarse más. Optó por lo segundo. La tenue luz roja de las lámparas que se anclaban a la pared disimulaba el rubor de sus mejillas, dio un paso vacilante y al intentar desviarse a la derecha y entrar al urinario una mano la cogió por la muñeca e hizo cambiar su trayectoria. Se dejó hacer, se dejó besar y respondió sin vacilar. Miró a la pared y pareció sentir la aprobación de los pájaros del papel, notó su envidia, notó también las manos masculinas que remangaban su falda casi hasta las caderas y se metían dentro de sus bragas apretando sus nalgas. Le clavó las yemas de los dedos en ellas y la atrajo hacia sí. No dejó de besarla. La luz roja sobre la pared azul hacía que el baño de una cafetería cualquiera se transformara en la estancia perfecta donde dar rienda suelta a la lujuria, sin perder un ápice de la clase que caracterizaba la ciudad. Le dio la vuelta y metió las manos dentro de su camisa para acariciar sus pequeños pechos, tenía los pezones muy duros y sensibles, la acariciaba de forma suave pero a la vez apretaba contra su culo el pantalón haciendo que el miembro que luchaba por ser liberado intentara aproximarse. Sin dejar de acariciarla comenzó a besar su cuello, a morder su oreja izquierda y a bajar sus bragas hasta los tobillos. Se agachó para sacárselas e hizo que se inclinara hacia delante mientras su lengua recorría el interior de sus piernas para acabar alojada entre sus dos agujeros. Fue de uno a otro lamiendo y saboreando, reconociendo el terreno, compartiendo su humedad. Ella empezó a temblar y él lo notó. Se incorporó entonces y se colocó de pie de nuevo detrás de ella, buscó el clítoris con la mano derecha y, con el dedo corazón de su otra mano penetró su ano. Ella se sobresaltó, estaba muy cachonda y se corrió soltando un fuerte gemido. Su mirada perdida se encontró con Matteo buscando la suya a través del espejo, tenía las manos apoyadas en el frío mármol para no perder el equilibrio. Él besó su cuello y caminó hacia atrás sentándose con las piernas abiertas encima del pequeño sillón de terciopelo rojo, comenzó a agitar su miembro de arriba a abajo, haciendo que recuperara el vigor de nuevo, que se pusiera duro como el mármol que reposaba frío bajo las manos de Irene. Le vio a través del espejo y se dio la vuelta frotándose las manos contra los muslos para hacerlas entrar en calor. Él anhelaba su contacto de forma inmediata, la vio acercarse casi a cámara lenta y poniéndose de rodillas entreabrió la boca, dejando caer un hilillo de saliva por una de sus comisuras.

Ojalá le quepa entera en la boca, pensó él.

Irene posó sus manos sobre las suyas para seguir el ritmo que marcaba, y enseguida se hizo con él, el contacto de sus manos sobre la fina piel hizo que  retirara las suyas y se dejara hacer. Pronto fue la punta de su lengua lo que acompañaba a las manos, se deslizaba lentamente por el glande, saboreando el líquido que lo coronaba y mezclándolo con su saliva. Ahora la lengua daba vueltas alrededor suyo, lamía con energía como si de una bola de helado se tratase. Ella estaba tan concentrada que con la punta de su lengua notaba cada rugosidad, cada vena, cada centímetro de esa fina piel sometida a la tensión máxima de la erección. Deseaba sentirle dentro. Primero lo haría con la boca. Muy despacio, dando pequeños sorbos de aire y soltándolos muy poco a poco, se fue introduciendo el miembro al completo para ir liberándolo en pequeños episodios. Él estaba extasiado, disfrutaba de aquella mamada agónica mientras la tenue luz roja lo iba embrujando. La tímida mirada de Irene se tornó lasciva mientras albergaba su polla en la boca, ver como la comía le excitaba cada vez más, tenía que concentrarse para no correrse todavía. Abrió los ojos cuando ella paró en seco, se puso entonces de pie y remangándose la falda, se sentó sobre él. Se arrimó hasta que la punta del miembro quiso tocar su ombligo, empezó a besarle con apremio y se levantó ligeramente para ser penetrada. Una vez dentro, se acoplaron sin dejar de besarse y así poder tocar sus cuerpos de nuevo. Ella notó que él no iba a aguantar mucho más, así que lo cabalgó sin piedad. Con los ojos medio cerrados, apoyó sus manos sobre la pared aplastando el cuerpo de aquellos pájaros dorados que tantas veces había mirado con temor. Cerró las manos para arañar sus cuerpos aterciopelados, libres de plumas pero de un tacto suave y rugoso a la vez, mientras los gemidos escapaban sin cesar de su boca ahora que Matteo se movía de forma mágica dentro de ella. El placer recorría su cuerpo de nuevo, sus muslos temblaban y le pedían más y más embestidas. Se agarró entonces al cuello de Matteo y tomó las riendas de nuevo. Dejó caer su cuerpo hacia atrás para que lamiera sus pechos, sin dejar de marcar el ritmo de la penetración. Él jadeaba cada vez más deprisa, se abrazó a él y a su mechón para que se corriera mientras la luz roja envolvía su abrazo.

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