Desnudarse

Había resultado más fácil de lo que parecía en un principio, quitarse la ropa no era tan difícil como desnudarse por dentro. Nada que ver. Cuando te quitas la ropa te expones, primeramente, a los ojos de los demás, unos ojos que a veces juzgan, a veces admiran, a veces desean. Por otro lado, expones a tu piel al mundo real, al viento, al agua del mar o de la lluvia que la mojará, al sol que la bronceará y calentará; pero también la exponemos a posibles acciones hirientes, cortes, quemaduras, heridas en general. Esas heridas cerrarán, puede que nos dejen cicatriz, pero cerrarán. ¿Y qué pasa con las heridas que quedan bajo la piel? ¿ésas cuándo cierran?

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Llevaba ya cuarenta minutos en la misma postura, estaba inmóvil pero recorría la parte de la estancia que tenía a la vista con la mirada. Olía a humedad y madera vieja. Fuera llovía, no tenía la ventana a mi alcance de mis ojos, pero oía el choque de las gotas de agua contra el cristal. Llovía fuerte, el agua debía estar desparramándose cristal abajo, primero chocaba contra la superficie dura violentamente y después se deslizaba lento hacia abajo. Igual que entre mis muslos. Tres chicas y dos chicos estaban frente a mí, a escasos metros el más cercano, dibujando mi cuerpo desnudo y yo estaba húmeda, muy húmeda. Tenían diversos utensilios, la chica rubia de las rastas tenía el caballete a su lado y las manos llenas de pintura, uno de los chicos tenía un gran cuaderno y parecía estar haciendo un dibujo a carboncillo. Cada uno de ellos miraba mi cuerpo de forma diferente, pero tenían en común la mirada profesional que les reunía en ese lugar. Estudiaban cada curva, cada arista, cada sombra y cada luz que se reflejaba en mi cuerpo para plasmarla cada uno en su obra. Un cuerpo, diez ojos y cinco obras, seguro que cada una muy diferente a la otra. El chico rubito me llamó la atención, ¿cuántos años tendría?, ¿veinte?, yo ya había pasado la cuarentena hacía unos meses pero ese chico tenía algo en sus ojos que lo hacía deseable. Quizá fuera la inocencia que transmitía pero, lo había visto interactuar con varias chicas cuando llegué y había llegado a la conclusión de que había tenido ya varias experiencias sexuales. ¿Qué le parecería follarse a una mujer que le doblaba la edad?, ¿le excitaría? A mi sí, y mucho.

Necesitaba un descanso, tenía que ir al baño. Pedí por favor si podía salir un momento, me puse la bata y aproveché también para tomarme un café de la máquina. Fui al baño e intercambié algunas palabras con las chicas, eran bastante agradables y estaban sorprendidas por mi edad, pensaban que tenía diez años menos, aun así estaban entusiasmadas por pintar un cuerpo “real”, con curvas, imperfecciones, pechos afectos por la gravedad pero con un pezón impecable y elegante. Una de ellas  iba a retratar al detalle el tatuaje que cubría mi cadera, las otras lo iban a ignorar. Caminé despacio de vuelta a la sala, mis muslos se acariciaban uno contra el otro lubricados por mi propio flujo, ¡el niño aquel me había puesto cachonda!

Había decidido ir  a posar a la escuela de bellas artes porque siempre había tenido la fantasía de que me pintaran desnuda, iban a operarme del pecho y mi cuerpo cambiaría para siempre. Quería que quedara retratado en su forma más natural, me aterraba sentir que en alguna postura mis pechos no parecieran reales, quería disfrutar  esa sensación de forma plena, recostarme, sentarme, torsionarme, y sentir que el peso que tenían los hacía adoptar esa determinada forma y no la que le fuera otorgada por la magia del bisturí.

Decidí mirar hacia un punto fijo, así que tomé como referencia las manos del chaval rubito. Distraje la mente imaginando cómo me tocaban, pensaba en lo que sentiría él si yo me insinuaba. En mi fantasía él me seguía la corriente y acabábamos en mi casa. Por supuesto que no se quedaría a dormir, pero eso me excitaba todavía más. Probablemente ni volviera a verlo. Quería tenerlo entre mis muslos, bajo mi entrepierna. Me imaginaba cómo se transformaba la expresión de su aniñada cara cuando contraía  los músculos de mi vagina alrededor de su miembro, una y otra vez, atrapándolo dentro de mí. Salía un poco y atrapaba la punta fuertemente. Su expresión se arrugaba y el flequillo se le echaba hacia atrás, dejaba escapar un ronroneo que me acompañaba en los movimientos de vaivén.

Desvié por un momento la mirada, de sus manos pasé a la entrepierna.  No la veía, las herramientas de dibujo la tapaban por completo, pero yo me la imaginaba…, ideas no me faltaban, la imaginaba atrapada y dura, expectante por mí. Me mordí el labio y le miré a los ojos, parpadeó dos veces muy seguidas y me pareció ver en su cara un ligero tono sonrosado sobre las mejillas.

Se me pasó el tiempo volando, imaginando cómo sería tenerlo dentro de mí, yo encima, después él encima, de lado, de pie, metiendo mis dedos dentro de él, él los suyos dentro de mí, y comernos mutuamente, comernos enteros de forma literal. Me imaginaba la cama empapada, por el sudor, por la saliva y por la corrida que me habían provocado sus hábiles dedos dentro de mí. ¡Lo que saben estos niños de ahora!

Cuando terminó la sesión fui al baño con intención de vestirme, me quité la bata y no pude evitar llevarme las dos manos a la entrepierna que estaba hinchada y reclamando atención. Las apreté contra mi sexo, me estremecía sin querer, necesitaba calmar esa sensación así que me encerré en uno de los urinarios y empecé a tocarme. Tenía toda la piel ardiendo, seca por el calor, no sudaba, toda mi energía estaba concentrada en un mismo  punto. Lo abrí con los dedos e impregné la envoltura del clítoris con mis jugos, froté mis dedos contra aquella superficie tan suave y lubricada y comencé un movimiento enérgico y circular. Con la otra mano acariciaba mi piel, el lateral del cuello y los pechos, la cintura, y de nuevo volvía al pecho para pellizcarme un pezón. Ahogaba los gemidos, no quería que me sorprendieran en un baño público. A pesar de que la facultad estaba ya casi vacía porque se había marchado casi todo el mundo, la puerta de fuera  estaba abierta y si alguien entraba era muy posible que yo no me diera cuenta. Me di un golpe contra la puerta, y dejé mi espalda pegada a su superficie mientras seguía rodeando el clítoris con los dedos, arriba y abajo, a un lado y a otro. Sentía que el orgasmo no tardaría en llegar pero estando de pie la tensión sobre mis gemelos impedía que me relajara y me dejara ir así que me senté sobre la tapa. Un baño con tapa, qué suerte. Estaba fría y el primer contacto hizo que la nalga se despegara en cuestión de décimas de segundo, fue como echar un cubo de agua sobre un suelo en llamas. Me aplacó, me devolvió por un instante a la realidad, lo suficiente como para elevar una de mis piernas, apoyar la planta del pie sobre la pared y comenzar un baile de una sola pierna que me iba a llevar directa al orgasmo. Eché mi espalda hacia atrás para aumentar la amplitud del movimiento, me incliné de nuevo hacia delante para meterme dos dedos dentro, notaba ya los calambres entre los muslos, así que aumenté la presión hasta que estallé en un orgasmo casi desmayante. Respiré hondo varias veces y cuando logré ponerme de pie, me puse la bata y salí del urinario. Metí mi cara literalmente en el lavabo para limpiarme el sudor y al echarme el pelo hacia atrás con las manos vi una imagen reflejada en el espejo. Allí estaba el jovencito, inmóvil en el quicio de la puerta, apoyado contra ella y mirando hacia mí. Le miré a  través del espejo. La puerta se cerró.

6 Comments

  1. Bien descrito y escrito. No todos los finales tienen que ser “felices y comer p….”, pero si no se arriesga un poco, te quedas con la duda y sin la p….
    No es crítica al final, más bien un pensamiento en alto…jejeje
    Enhorabuena, queremos más.!!!

    1. Muchas gracias 🤗 intento escribir cosas originales y cambiar un poco los finales “típicos”, pero no es nada fácil. Me encanta que me transmitais vuestros “pensamientos en alto”. Un saludo

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