Noche de invierno

 

Salí del agua ya tibia de la bañera y me envolví en el áspero albornoz, estaba recién lavado y la fricción contra mi piel hizo que la mayor parte de mi cuerpo se secara enseguida; hacía frío fuera, pero en mi baño se estaba muy calentito. Envolví mi pelo largo en una toalla y terminé de secarme el cuerpo, olí mi piel y me acaricié el antebrazo, estaba suave y olía a las sales de baño que había disuelto en el agua. No me eché crema, quería disfrutar de ese aroma y ese tacto. Me puse un pantalón cómodo y una camiseta ancha y empecé a secarme el pelo con la toalla, lo cepillé en varias direcciones y terminé de secarlo con el secador. Después lo trencé. Me gustaba mi pelo, aunque era muy abundante y a veces difícil de controlar; me gustaba llevarlo recogido cuando quedaba con Jorge porque me encantaba que él deshiciera mi trenza, o mi moño, y lo dejara libre sobre mi espalda. Me hacía sentir salvaje, y me gustaba que lo hiciera él. Esta noche venía a cenar a mi casa, pizza, por supuesto, ya que no tenía ninguna gana de cocinar. Salir en invierno no era precisamente lo que más me entusiasmaba dada mi dificultad para caminar con el suelo helado en casi todo el pueblo.

Me estremecí al abrir la puerta y sentir el frío de la calle, Jorge me dio un pequeño beso mientras le quitaba el gorro calado por la nieve. Los gruesos copos crujían en mi mano. Se quitó el abrigo y me envolvió en un abrazo inmenso devolviéndole el calor a mi cuerpo.

Todas las navidades mi madre me preguntaba por qué salía con él, “si es un triste, hija”, “si está semanas enteras sin verte, con ese trabajo que tiene, ¡y viaja mucho!” “¿porqué rechazarías a fulanito… y a menganito?”. Muy sencillo, porque no paraban de decirme lo guapa que era, lo mucho que les gustaban ciertas partes de mi cuerpo y no reparaban en nada más. Con Jorge hablaba de música y, cuando iba a estar semanas fuera solíamos leernos el mismo libro para después comentarlo. Con él no tenía que justificar mis silencios, y yo respetaba los suyos. Cuando me tocaba sentía como se encogía la piel de mis brazos, como los pelos que no veía se me ponían de punta y mi estómago se daba la vuelta. Porque, aun sintiendo todo eso, sentía con él la misma tranquilidad que me transmitía Arturo, mi labrador, cuando se tumbaba a los pies del sofá mientras yo leía por las noches. Aunque no le viera, sabía que estaba allí.

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Cuando terminamos de cenar fui a la cocina a terminar de recoger y poner el lavaplatos y al volver, él estaba dormido en el sofá. Me senté junto a él y me acurruqué contra su pecho, su jersey era de esa lana gruesa de la que apetece acariciar. Su respiración irregular se intercalaba con la de mi perro y el silencio de la habitación. Pronto se metieron también en mi cabeza el ruido de mi respiración y los latidos de su corazón. No sé cuánto tiempo pasamos así, cuando él empezó a mover una de sus manos sobre mi espalda, empecé a desperezarme cuando la metió por dentro de la camiseta y hábilmente me desabrochó el sujetador, me sentó a horcajadas sobre sus muslos y me quitó la camiseta. Siguió acariciando mi espalda mientras le besaba agarrando su cara con mis dos manos. Con él me sentía como si fuera un puñado de arena escapando entre los dedos, me sentía ligera, me hacía sentir libre. Estaba recién afeitado, lo notaba perfectamente, yo era capaz de distinguir hasta de cuántos días era la barba cuando le iba saliendo. Rocé mi mejilla junto a la suya y seguí besando su cara hasta que llegué al lóbulo de la oreja para darle pequeños mordiscos. Él tiraba de mi trenza con cada mordisco y cuando soltó mi pelo yo ya le había quitado el jersey y la camiseta. Era delgado, pero tenía los hombros anchos y me gustaba agarrarme a ellos mientras me frotaba contra él, a pesar del pantalón vaquero, ya le notaba duro entre las piernas. Bajé su cremallera para tocarle y sentir su firmeza, me gustaba trazar el perfil de su miembro con dos dedos mientras le apretaba en la ropa interior, me echó hacia atrás bajando sus manos desde mis pechos hasta la cintura, acariciándome las costillas una a una. Cuando llegó a la entrepierna tocó la humedad que había calado hasta el pantalón. Chorreaba, podía sentirlo sin necesidad de tocarme yo misma. Dejé que me desnudara y me tumbé en el sofá mientras se desnudaba del todo él también.  Le escuché tragar saliva mientras se tumbaba a mi lado. Me acarició los pechos de una manera tan suave que parecía que su intención era dejarme allí, hipnotizada por sus caricias. De mis pechos sentía manar una poderosa energía que me recorría, primero en espiral, para luego bajar a mi vientre y juntarse con la que nacía en mi entrepierna. Esa era más difusa, venía de dentro hacia fuera y la sentía crecer y latir como si fuera un corazón. Pegado a mi cuerpo, Jorge se tendió de tal manera que yo le daba la espalda, apartó mi pelo y me masajeó con su pecho mientras me agarraba por la cintura. Sus manos trabajaban a la vez que el resto del cuerpo. Le notaba duro contra mis nalgas, pero lo que me hacía estremecer y querer más, era la energía que me transmitía en el cuerpo a cuerpo, piel con piel. La oscuridad en la que yo vivía parecía iluminarse cada vez que nuestros cuerpos se encontraban y se pegaban de esa manera, era como si necesitaran estar siempre conectados, siempre había alguna parte de mi cuerpo en contacto con el suyo, si yo no le estaba tocando lo hacía él. Nos habíamos acostumbrado ya, resultaba tan sencillo como montar en bicicleta o conducir cuando ya tienes cierta práctica. También yo sentía que parte de mi energía pasaba de alguna manera hasta su cuerpo, por eso no podíamos dejar de tocarnos. Acarició y besó mis dos brazos hasta los dedos, después hice yo lo mismo con él. Me detuve en la flexura de sus brazos y le pellizqué mientras los intentaba mantener estirados, ahí la piel era suave pero firme; mientras le besaba, para compensar. Después me senté de rodillas entre sus piernas, con él tumbado boca abajo y masajeé sus gemelos, después subí las manos hasta el interior de sus muslos para después volver a bajar. Le iba avisando de lo que vendría, pero tendría que saber esperar. Me detuve en sus corvas, las acaricié y las lamí. ¡Se volvía loco! ¡Cómo gemía! Era el momento de continuar, su cuerpo se movía conforme mi lengua y mis manos trabajaban y podíamos entendernos sin vernos, sin hablarnos. Llegué por fin a las nalgas y clavé mis dedos en ellas, las agarraba y las soltaba deprisa, dejándolas temblando como un flan, notaba las vibraciones de la carne bajo las palmas de mis manos. Fui suavizando las caricias hasta llegar lentamente al orificio anal, entonces me metí dos dedos en la boca para humedecerlos y los utilicé para acariciar y estimular su entrada. Noté como se relajaba y se preparaba para mi lengua, dejándome separar sus carnes y clavando las rodillas en el sofá para que yo le comiera mientras me apoyaba en su cuerpo, ya totalmente abandonado, ya no era suyo, era mío, era de los dos. Su polla estaba dura y reclamando atención, pero sus manos estaban zafadas por mí y estratégicamente puestas contra su espalda para que no se la tocara. Mi lengua completamente ensalivada se deleitaba en su piel, desde la zona más delicada a la más rugosa. El no poder tocarse hacía que se abandonara más y más al placer recibido y fue entonces cuando le solté las manos y le penetré con un dedo mientras con la otra mano le otorgaba a su miembro la ansiada atención que pedía desde hacía rato. Humedecí mi mano con saliva para que el roce fuera más placentero y masajeé su miembro con movimientos circulares, alternando el ritmo y la presión mientras notaba su firmeza. Me impresionaba mucho cómo cambiaba la textura de la piel en el apéndice masculino según estuviera relajado o excitado, me fascinaba esa capacidad de transformación, era como si tuviera vida propia. Cuando estuvo a punto de caramelo dejé que se diera la vuelta y continué el masaje placentero con las dos manos, las movía de tal manera que simulaba estar penetrando una vagina infinita. Cada cierto tiempo acercaba mi lengua a su glande, haciendo que fuera cada vez más a menudo hasta que acabé recorriendo el miembro entero con la lengua. Lo chupé bien y volví a dejar que mi mano lo atendiera mientras jugaba con la lengua sobre su escroto. Era tan cuidadosa mordisqueando la fina piel que parecía que todo estaba sucediendo a cámara lenta. Me metí los huevos en la boca y los acaricié y aplasté con la lengua y los labios. Los succionaba y los volvía a chupar. Paré porque sentí un fuerte dolor en la espalda y Jorge empezó a reírse:

-Te entregas con demasiada pasión. Ven aquí, anda.

Y me tumbó sobre el sofá poniendo un cojín debajo de mi zona lumbar y me hizo doblar las piernas. Se abrazó a ellas y sin dejar de besarlas me acarició suavemente desde los pies, aun sabiendo que no era mi plato favorito, hasta las rodillas, metió la cabeza entre ellas y empezó a comerme él a mí. Me mordisqueó los cachetes del culo totalmente expuestos a su boca, alargó un poco la lengua consiguiendo lamerme desde el periné hasta el clítoris haciendo que me relajara y me olvidara del dolor poco a poco. Sus manos y su lengua eran magia para mí, era muy sensible al tacto y, aunque no toleraba el contacto físico con cualquier persona, me relajaba como un cachorrillo cuando era alguien que me agradaba quien me tocaba. A veces me gustaba hacer el amor con él con algo de ropa puesta, para que su olor quedara impregnado en las prendas y disfrutarlo durante días. Muchas veces reconocía a las personas por su olor y era curioso como algunas me producían una absoluta desconfianza y con otras sentía que la distancia se acortaba y todo era por su olor, en ocasiones pensaba que tenía dotes perrunas, pero no, Arturo era mil veces mejor que yo. Era un perro guía fantástico.

Mi madre había vuelto a preguntarme esa navidad que por qué seguía con Jorge…

-Mamá, soy ciega, y tengo mucha facilidad de ver más allá de lo evidente porque no puedo ver la apariencia externa de las cosas. Pero Jorge sí puede verlas y, aun así, lo que más valora es aquello que no se puede ver, incluso tocar. Por eso le quiero.

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