Infieles para siempre

Atardecía en la pequeña isla desierta donde pasaban los dos últimos días de los siete que podían verse durante el año. Siete días, ese era el pacto, una semana al año destinada solo a estar juntos. Quince años atrás, tras una noche de bossa nova en Bali, en la que acabaron haciendo el amor hasta el amanecer en una pequeña playa, había comenzado esta historia que estaba condenada a repetirse en el tiempo, año tras año. Eran almas libres cuando comenzó todo, habían tenido momentos de duda, con altibajos emocionales en sus vidas, pero nunca habían dejado de extrañarse. Se reencontraron en otro país hace ya ocho años y, una vez al año desde entonces, dedicaban una semana a estar juntos. 

Compartían cigarro, la misma hierba, el mismo atardecer. Con cada parpadeo de Elia, el color del cielo iba tornándose más rosado. Los brazos de Altán la rodeaban,  por detrás, y también sus piernas. Estaban sentados sobre la arena, sintiendo cómo el hachís iba surtiendo efecto en sus cuerpos, relajándolos y transportándolos a una realidad paralela, pero juntos. Elia se recostó sobre el pecho de Altán y se pegó a su cuerpo mientras cerraba los ojos. 

Ella seguía siendo un alma libre, trabajaba en un crucero que enlazaba varias ciudades del Mediterráneo y no tenía un vínculo fijo con ninguna de ellas. Los meses que no trabajaba, los pasaba cerca de su familia en un pequeño pueblo de su Italia natal, o viajando. Solía verse con 3 hombres, el más antiguo de ellos era su amante barcelonés, luego había otro en Palermo y también se veía con un abogado turco en Atenas cuando coincidían sus viajes. El siciliano quería retenerla en su isla, se había enamorado, y quería que ella viviera allí todo el año. Ella no. Pasara lo que pasara, nunca iba a renunciar a su semana con Altán. 

Él por su parte vivía con la madre de su segundo hijo en Tailandia. Ahora se dedicaba a la fotografía y tenía parte en un par de negocios relacionados con las actividades acuáticas, pero su vida era muy tranquila y ya no viajaba tanto como antes. La semana que pasaba con Elia era su viaje más esperado durante todo el año.  

Su encuentro era secreto, nadie conocía la historia, solo ellos. Cada año procuraban verse en un sitio distinto, alejado de sus entornos habituales, pero con la única condición de estar cerca del mar y en el hemisferio sur. 

No era la primera vez que estaban en esa isla, era uno de sus lugares preferidos, estaba desierta, y tenía una zona interior con espesa vegetación y una ancha playa de arena finísima, de un blanco tan claro que en los atardeceres más rosados, a veces se confundía con la línea del horizonte. Tenían una pequeña cabaña construida con troncos, ramas y maleza, donde guardaban los escasos enseres que habían traído consigo,  y al lado, una pequeña hoguera para cocinar lo que pescaban.

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Extinto ya el cigarro, el atardecer  tomaba colores más anaranjados mientras la arena de la playa comenzaba a borrarse a lo lejos, mientras tanto, los dedos de Altán ya estaban haciendo de las suyas entre las piernas de Elia. La piel estaba salada y áspera, pero los dedos mojados por la excitación se movían suavemente por el interior de sus muslos, cada vez más hacia el interior, jugaban un poco con su hendidura mojada y acariciaban la suave piel del interior mientras besaba su cuello. Cerró sus piernas un poco más en torno a ella para que sus muslos estuvieran  más juntos y aprisionaran su mano que cada vez se movía más deprisa. Apartaba su pelo y mordía su cuello de vez en cuando, también el lóbulo de la oreja y después volvía a besarlo. Su miembro cobraba cada vez más dureza cuanto más excitada estaba ella. Ni el turco la hacía sentir así. 

Elia se dejó caer sobre el masculino pecho de Altán, hasta que lo tumbó sobre la arena, abrió sus piernas y se incorporó quedando frente a su miembro, se mareó por el brusco movimiento. Los párpados  pesaban como puertas metálicas. Abrió y cerró los ojos un momento y pensó en cuanto adoraba esa polla asiática. Sonreía. Quizá era la menos llamativa de todas las que había conocido, pero tenía especial predilección por ese apéndice y por su dueño, por lo que él representaba para ella. Por su color chocolate, la suavidad de su piel o simplemente porque podía engullirla sin esfuerzo y disfrutar del 69 como con nadie. Con ningún otro hombre disfrutaba tanto esa postura. Podía relajarse, dejarse comer, coño, culo y periné, mientras ella chupaba, lamía, recorría y acariciaba su querida polla asiática.  Hoy él estaba yendo un poco más allá, transformando el clásico 69, en un intenso beso negro que estaba consiguiendo que ella se distrajera de su propósito: ponerle cada vez más duro. Introdujo entonces un dedo dentro de ella, tras haberlo humedecido previamente con su saliva, y empezó a jugar con el orificio que, de entrada, oponía  resistencia. Con paciencia, mucha suavidad y sin darse por vencido, introdujo un segundo dedo. Ella se estremeció y se dejó caer de lado sobre la arena de la playa para dejarse hacer. Abrió los ojos, la marea subía y pronto los mojaría, ¿o ya lo estaba haciendo? Con el segundo dedo dentro, la otra mano de Altán jugueteaba entre sus muslos, pero solo para acariciarla. Elia se sentía mareada, muy excitada e invadida por un intenso calor en su interior. Su entrepierna chorreaba, podía notar el jugo escurrírsele entre los muslos, él lo lamió y lo extendió con la lengua. Le gustaba hacer eso hasta tal punto, que disfrutaba hundiendo la punta de la nariz en el surco que quedaba enfrente de su cara. Como si desapareciera dentro de ella. La cabeza se le cayó hacia atrás cuando cerró los ojos de nuevo, la droga le tenía ahora en Venus, un planeta caliente donde él podía hacer lo que quisiera con ella, y viceversa. No se sentía dueño de nadie, pero Elia le pertenecía cuando follaban. La tenía a su merced y ella, complacida, siempre le premiaba con deliciosos orgasmos. Disfrutaba los suyos propios, y disfrutaba aun más con los de ella. Era la mujer más expresiva que había conocido, era tan transparente que, aun drogada, era capaz de transmitir con gestos y muecas, lo que suponía el placer máximo para ella. Valía la pena esperar un año para verse, la cara de satisfacción de Elia valía de sobra todo ese tiempo de espera. Él se sentía agradecido.

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Había dejado de pensar, su mente se había quedado totalmente en blanco y se había llenado de espirales de vivos colores dando vueltas sin parar. Mareado, abrió los ojos para ver de nuevo los colores del atardecer sobre su cabeza.  Inmóvil, jadeó mientras bajaba la mirada y solo pudo distinguir el pelo rubio enmarañado de Elia moviéndose alrededor de su entrepierna. Un cúmulo de sensaciones recorría su inerte cuerpo, apenas sentía el sudor que hacía que la arena se pegara a su piel, Elia estaba llena de arena también, se habían fundido con la playa, eran parte de ella. Mientras la espiral de color daba vueltas en su cabeza y le hacía sentirse inmensamente feliz, sentía una poderosa fuerza tirando hacia arriba de su miembro, era una fuerza húmeda, caliente y persistente que lo hacía mantenerse firme y duro, mojado. Cuando los labios de Elia se apretaban contra él, la sensación cambiaba. Ella tenía un poder extraordinario sobre su persona ya que podía expresar sus emociones libremente. Ella incorporó las manos al arte de darle placer, su boca y sus manos ensalivadas  trabajando juntas simulaban un túnel sin fin en el que la polla de Altán se deslizaba sin parar, cada vez más deprisa. Ella sonreía porque sabía hasta dónde quería hacerle llegar, él tenía gran capacidad de auto control, pero se dejaba llevar, confiaba en ella  y  le gustaba que controlara la situación. Elia estaba en Venus también, pero notaba como la excitación de Altán navegaba lejos de esa playa y lo iba llevando directo a ahogarse en una eyaculación inminente: paró en seco el movimiento y envolviendo el miembro con las dos manos, presionó con los pulgares en un punto estratégico, trayendo de nuevo de vuelta a Altán a la playa. Su cabeza daba vueltas también, todo su universo estaba concentrado en el espacio que ocupaban sobre la arena. Solo existían ellos dos, ¿por qué solo una semana? Ya lo habían discutido varias veces, él no podía renunciar a su familia, y ella no podía dejar de ser como era. Compartía su pequeño universo con él de forma incondicional, pero tenía dudas sobre si, si lo hubieran hecho de otra manera, hubiera funcionado igual, si la entrega iba a ser tan incondicional. Según como se mirara, podría decirse que se habían conocido en el momento equivocado, o no. Cuando sus caminos se cruzaron, caminaban en direcciones opuestas, pero no supieron renunciar el uno al otro, y fueron incorporando esta forma de verse como una cita anual. Los dos últimos días, la angustia de la despedida se mezclaba con la satisfacción de estar saboreando el presente hasta la última gota. Se sentían tristes, cada uno a su manera, pero felices porque sabían que era la única y mejor manera de disfrutarse y la estaban aprovechado al máximo, ¿quién sabe lo que ocurriría mañana?

Elia se sentó sobre las piernas de Altán y estiró su cuerpo hacia atrás y entrelazó sus manos con las de él, que se irguió quedando sentado frente a ella. Sin perder la conexión, entrelazaron sus piernas y empezaron a moverse acompasadamente. Se besaron y se acariciaron las pieles pegajosas por el sudor y la arena que las cubría. Abrió los ojos de par en par para mirarle, estaba enamorada de su sonrisa, la echaba mucho de menos y le  hacía reír incluso mientras follaban, solo para disfrutar de ella. Sentía la fricción de sus muslos rozándose uno contra el otro, el áspero vello que cubría los negros muslos de su amante cosquilleaba la gelatinosa carne de los suyos. Sus vientres chocaban, empujándose, jugando a ver quién tumbaba a quién. Se agarraron por la nuca, y ella, con el pelo totalmente enredado sobre la cara y la mirada perdida en los ojos de su amante, gemía alocadamente mientras la marea limpiaba el semen que ya escurría por la piel de sus muslos. Se tumbaron sobre la arena, huyendo del agua que quería llevárselos consigo, se miraron y mientras ella le acariciaba la rizada melena negra pensó en la culpa que nunca sintió cuando él empezó su vida familiar. Él no hablaba de cómo se sentía al respecto, pero siempre se despedía con la misma frase: “todos los pecados prescriben al pasar el ecuador”.

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