“Fóllame con botas”

 

Pero cómo me iba a gustar la Navidad si todos los años ocurría algo que me la chafaba. Ese año parecía que la cosa iba a ser diferente, había cenado con mi familia y estaba en el bar con mis amigos de siempre. La Nochebuena era de mis noches favoritas para salir, además, estaba especialmente contenta; la noche anterior había estado con Gabi y había sido muy especial. Nos veíamos medio en secreto, para él era suficiente, para mí no, pero estaba enganchada de alguna manera que no podía evitar. Sabía que acabaría lastimándome, pero mientras lo pudiera controlar, me valía.

Me había puesto un conjunto nuevo de lencería roja y mis botas de tacón negro. No era el día más idóneo para llevarlas porque el suelo de las calles estaba lleno de hielo. Escurrirme y casi acabar en el suelo formaba parte del riesgo, pero era el complemento ideal para el conjunto que llevaba. Soy una fetichista de la lencería, y a Gabi le encantaba que lo fuera, las botas negras eran el complemento perfecto para el atuendo de esa noche que estaba formado por un sencillo sujetador rojo que se abrochaba en la zona del pecho, unas bragas rojas con pequeños corazones en relieve, un liguero rojo, y unas finas medias negras. Me faltaba el gorro de “Mamá Noel”. Las botas eran de ante negro, altas y con hebillas, de esas que lleva su tiempo quitarse aunque alguien te ayude. A ese tipo de botas las llamábamos “las de fóllame con botas”, porque era más fácil quitarse el resto de la ropa que el calzado.

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Como nuestro fuerte no era la conversación, la ropa nos duró muy poco puesta, la suya en concreto enseguida estuvo tirada por el suelo junto a la mía, aunque yo conservaba la ropa interior, incluido el liguero y las medias. Me puse de pie frente a él, me dio la vuelta y me dio un mordisco en uno de los cachetes del culo, después me bajó las bragas y me dio un azote. La casa era muy fría y estaba fría, pero en el salón la chimenea hacía que pudiéramos estar así sin temblar. Me senté a horcajadas sobre él, que yacía medio tumbado en el sofá, nos acariciamos, nos besamos y nos tocamos por todo el cuerpo. Desprendíamos calor. Me gustaba moverme contra su cuerpo, sentir cómo se encendía solo con mi presencia y con mi tacto, sabía que tenía cierto poder sobre él y me gustaba utilizarlo. Ciertamente, él ejercía otro poder sobre mí, me frustraba no poderlo controlar, pero el poco tiempo en que me sentía poderosa me alimentaba la mecha y el deseo era incontrolable. 

-Chúpamela.

Qué manía, no sé como tolero que sea tan egoísta, él nunca me come a mí y aun así le como como si fuera lo que más me gusta hacer en el mundo. No lo es, pero se le parece mucho. Estuve un buen rato de rodillas dedicándome solo a él, a su miembro rosado y perfecto. Si lo soltaba y lo dejaba libre parecía palpitar, lo acariciaba con las manos y volvía a metérmelo en la boca. Si tuviera los ojos vendados sería capaz de distinguirlo entre otros muchos solo con tenerlo entre los labios. Conocía cada surco, cada vena cuando se hinchaba, la suavidad de la punta y la firmeza de su tronco. Me encajaba perfectamente en la boca, algunas veces, cuando no había bebido demasiado, intentaba tragármela entera y el esfuerzo valía la pena solo por verle disfrutar. Me sentía verdaderamente poderosa con su polla en mi boca, yo estaba de rodillas, pero él estaba en una posición realmente vulnerable. Por supuesto no consentía que me agarrara la cabeza mientras lo hacía. 

Me senté sobre él dándole la espalda, me penetró y comencé a botar sobre sus muslos. En ese momento pensé que las medias ya se habrían roto. Me daba igual. Estaba cómoda con las botas puestas, facilitaban mucho mis movimientos y hacían que me cansara menos, él se inclinó hacia atrás y yo comencé a masturbarme. Gemía y disfrutaba, pero miraba de reojo el bote de lubricante que había puesto encima de la mesita ya que lo mejor estaba por llegar. 

Me levanté y caminé hacia la mesa con el sujetador abierto como las hojas de una ventana de par en par y las medias milagrosamente intactas  aun sujetas por el liguero. Estaba muy excitada caminando sobre los tacones, Gabi no se levantó hasta que no me senté en el borde de la mesa, le gustaba ver mi trasero al caminar. No paraba de decirme lo mucho que le gustaba  mi culo, y yo me senté en el borde  balanceando las piernas mientras le miraba desafiante.

-Ven aquí.

Me rodeó con los brazos y entró dentro de mí mientras me aproximaba más al borde agarrándome por la cintura. Las carnes chocaron entre sí rompiendo el silencio de la habitación, solo el ligero jadeo que salía de nuestras bocas lo acompañaba. Me gustaba que me follaran duro, era la verdad, me enredaba el pelo mientras tanto con las manos, apretaba los ojos y gemía, notaba las embestidas muy dentro de mí, haciéndose un tanto incómodas de alguna manera, pero placenteras a la vez. Me incorporé y apoyé uno de los pies en la silla más cercana, Gabi la acercó para que pudiera apoyarme mejor y agarrada a sus hombros  guié yo los movimientos. Estaba desatada, me agarré a su cuello y levanté el culo para rozarme bien contra él. Fruncía el ceño pero se dejaba hacer, me lamía el cuello y los pechos, y a mí me gustaba sentirme segura estando medio suspendida en el aire, pero sujeta por sus manos. 

Le pedí que fuera a por el lubricante mientras yo me tumbaba de nuevo sobre la mesa y doblaba las rodillas ofreciéndome entera. Cuando volvió a estar junto a mí, volví a pegar el culo al borde de la mesa y apoyé las piernas contra sus hombros, ahora tenía que empezar a jugar con mi agujero para hacerlo receptivo. El lubricante estaba frío, pero se echó un poco en las manos y  las frotó, calentándolo. Empezó a jugar con la carne de alrededor y pronto tuve un dedo dentro jugando a entrar y salir. Después cambió el movimiento y se unió  al juego un dedo más. Yo intentaba aquietar la respiración poco a poco, soplaba y volvía a tomar aire despacio. Tenía dentro ya el tercer dedo  cuando los sacó todos para ponerse un poco más de lubricante.

-¿Te gusta?

-Me encanta, no te haces a la idea de cuánto. Venga, inténtalo poco a poco.

Se embadurnó bien la polla con lubricante y se aproximó despacio, además, yo ya tenía la entrada embadurnada con los restos de lo que había entre sus dedos mientras me dilataba. Encajó la punta en el orificio de entrada y me miró buscando un signo de aprobación. “Adelante”, le dijeron mis ojos, y empezó a avanzar. Yo estaba relajada, pero costó un poco al principio, le pedí que fuera constante pero muy  despacio para ir acostumbrándome. La verdad es que había preparado muy bien el terreno y pronto lo tuve dentro sin sentirme incómoda. Yo respiraba profundo, despacio, para relajar el cuerpo más y más, y concentrarme solo en sentir. Me dolía un poco, y le pedí que parara. La sacó y volvió a intentarlo de nuevo, decidido y muy poco a poco consiguió metérmela entera, y una vez dentro empezó a moverse. Ahí empezó lo bueno. Estaba sobre la mesa con las piernas abiertas y las rodillas dobladas agarrándome por los tobillos mientras apretaba los dientes, recibiendo un placer que calificaba como inmenso. Pensaba en que después de habérmela metido por ahí, no quería otro tipo de penetración esa noche, no se podrían comparar, me sabría a poco. Dolía sí, pero poco, porque antes de que el dolor incrementara y se hiciera molesto, una ola de placer lo envolvía y lo mitigaba, para empezar de nuevo con cada movimiento. Le pedí que no parara, no quería que terminara nunca, quería tenerlo toda la noche dentro de mí. Siempre me había imaginado el sexo anal como una escena en la que ambos miembros de la pareja se dan la espalda pero no era así, de hecho, habíamos intentado hacerlo así y no había ido bien. El estar cara a cara le sumaba puntos a la cosa, vernos el uno al otro disfrutar de este placer tan inmenso, con mi liguero rojo y mis botas de tacón en la mesa donde al día siguiente cenaría  su familia. Era un polvo digno de ser filmado.

¿Por qué la gente tenía tanto miedo al placer anal?

La voz de Susana me devolvió a la realidad. Tenía la copa casi vacía e iban a pedir otra ronda.

-Por cierto- me dijo- hace poco me encontré con Gabi en el cine, iba con la Bea. 

-Sí, ya sé que anda con otras. Venga, vamos a pedir.

Me empezó a doler mucho la tripa, no pude acabarme la copa y fui al baño a vomitar. Puse como excusa que me había sentado mal la cena y se me había cortado la digestión así que me fui a casa. Otra Nochebuena de mierda.

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