Mi mejor verano

Se avecinaba un verano bastante gris. Iba a pasar el verano en casa de mis tíos en un pequeño pueblo de la montaña. Mis padres se estaban separando y no se me ocurría un plan peor para pasar mi último verano antes de la universidad. Cuando era más pequeña, solía pasar allí los veranos.

Mi tío se pasaba el día trabajando en el campo, cuidando de sus ovejas y mi tía siempre estaba en casa, haciendo unos guisos exquisitos. Tenía un primo algo mayor que yo, lo recordaba como un adolescente rubio y desgarbado, lleno de granos y con las hormonas en plena ebullición. Compartíamos muchos ratos juntos, pero casi siempre consistían en meterse conmigo y con mis gafas. Tenía un buen recuerdo de aquellos veranos, mi amiga Laura. Era la vecina de al lado, y a pesar de no habernos visto en todos estos años manteníamos contacto por carta al menos una vez al mes. Nos contábamos nuestras vidas…, los chicos con los que salíamos, el inicio en el sexo, los estudios, la vida en general. También se había encargado de hacerme saber lo cambiado que estaba mi primo.

Después de 4 interminables horas, el autobús llegó a su destino. Mi tía Rosa estaba esperándome, me recibió con un gran abrazo y fuimos caminando hasta su casa mientras preguntaba por mi madre. Enseguida cambió de tema asegurándome lo bien que me lo pasaría este verano. Habían cambiado pocas cosas en esa casa, era tal y como la recordaba, con un montón de árboles alrededor, la gran huerta y el establo. Cenamos mis tíos y yo solos, Sergio, que así se llamaba mi primo, llegaría más tarde. Yo estaba agotada así que nada más cenar subí a la habitación, coloqué las cosas y me quedé dormida.

Amanecí bien entrada la mañana, había descansado bastante así que bajé a la cocina a desayunar. Mientras mi tía hablaba y me preparaba unas tostadas, miré por la ventana y me quedé atónita al descubrir el cambio que había dado mi primo. Estaba conduciendo el tractor, con un peto vaquero sin camiseta y no se parecía en nada se parecía al chico que yo recordaba. Tenía unos brazos fuertes y un mechón de pelo rubio le caía cerca del ojo; de repente me pareció atractivo. Estaba ayudando a mi tía a recoger en la cocina cuando entró a por algo  de beber. Se acercó a saludarme, me dijo que cómo había cambiado y esbozó una pícara sonrisa, de cerca era mucho más guapo. Me dio dos besos y me pasó una mano por la cintura, me pareció muy seguro de sí mismo. Vaya cambio.

Las primeras semanas transcurrieron muy rápido, me integré bastante bien. Por las mañanas solía ayudar a mi tía en casa, y la mayoría de las tardes las solía pasar con Laura. Dábamos un paseo hasta una charca cercana y nos bañábamos allí, nos secábamos al sol encima de las piedras. Era un auténtico placer cerrar los ojos y sentir el calor de la piedra debajo de mi cuerpo.

Alguna mañana acompañaba a mi primo a pastorear con las ovejas. Estábamos fuera muchas horas así que teníamos mucho tiempo para charlar. Había descubierto que la compañía de mi primo era agradable, a veces me ponía un poco nerviosa porque me hacía preguntas muy personales, pero algo me hacía estar cómoda con él. Una mañana que hacía mucho calor  estábamos medio tumbados en un prado, un poco animados después de habernos bebido la bota de vino entera. Me miró y me agarró por la cintura sentándome encima de él. Estaba con las piernas abiertas, a horcajadas, cuando empecé a besarlo. Al principio dudó, pero enseguida me devolvió el beso. Fue lento y cálido, su lengua rozaba la mía mientras sus manos acariciaban mis pechos. Noté su erección mientras me movía sobre él, me imaginaba un gran miembro dentro de sus pantalones. Yo cada vez estaba más húmeda y con una sensación de calor recorriendo todo mi cuerpo. Entonces se separó y dijo que teníamos que volver a casa. Menos mal que el perro cuidaba de las ovejas.

El camino a casa fue silencioso, al llegar cada uno se fue por su lado como si no hubiera pasado nada. Estuvimos unos días casi sin hablarnos, parecía que evitáramos quedarnos a solas, hasta que una mañana nos vimos en el establo. Era muy temprano, pero yo me había desvelado y sabía que él estaría allí ordeñando. Sonrió al verme, no sé si por el aspecto que tenía con el pelo revuelto, o por el camisón casi transparente que llevaba. Me senté a su lado y me explicó cómo hacerlo, no se me daba mal.

-¿Te gustaría hacérmelo a mí? – dijo mientras pegaba su pecho al mío.

Me subió el camisón y empezó a besar mi cuello. Le quité la camiseta mientras seguía recorriendo mi cuerpo con su lengua, se detuvo en los pezones, se deleitó con ellos, los chupó, los mordió mientras yo me mordía el labio de puro placer. Me metí la mano dentro de las bragas para aplacar la presión que sentía en mi sexo, estaba empapada. Me tumbó sobre la paja y me quitó las bragas. No levantó su lengua de mi piel, me lamió debajo del ombligo mientras me acariciaba la suave piel de los muslos, me metió un dedo y, al ver que mi cuerpo respondía, metió otro más. Los sacó cuando llegó con su lengua al clítoris, lo acarició con ella, beso mis labios y los recorrió de arriba a abajo. Me saboreaba de tal manera que unas oleadas de placer me subían desde el vientre hasta la garganta, me quedé sin aliento. Entonces él se apartó y se desnudó por completo. Se agarró el miembro tieso con una mano mientras me agarraba la cara con la otra, me dio un beso y me dijo:

-Ahora quiero que lo hagas tú.

Empecé despacio, dudando, pero luego usé también la otra mano, era muy largo y estaba durísimo. Me lamí la palma de la mano para que deslizara mejor, él gimió de placer mientras le acariciaba suavemente por debajo de los testículos también. Él me miró con ojos de deseo y supe lo que quería, me acerqué el miembro a la boca y lo lamí entero como había hecho él antes conmigo. Envolví la punta  con mi boca y apreté los labios subiendo y bajando, cada vez más dentro. Estaba muy excitada y le pedí que me penetrara ya, no podía aguantar más. Me tumbé como antes y se puso encima separándome las piernas, me la metió muy despacio y cuando vio que mi cuerpo pedía más empezó a moverse deprisa. Mis caderas se acompasaron con las suyas, era un movimiento perfecto. Lo había hecho con otros dos chicos, pero no había disfrutado realmente hasta ese día. Podía sentir cada centímetro dentro, me retorcía de placer. Entonces se levantó y me pidió que me apoyara contra la pared, me penetró desde atrás, me incliné un poco sintiendo como las sensaciones cambiaban, me agarró por los pechos y por la cintura, me sentía dominada, penetrada y bendecida por el placer que estaba sintiendo en ese momento. Él me daba cada vez más fuerte, yo cerraba los ojos y me dejaba ir, mi cuerpo estaba a punto de estallar y él lo notó. Me masturbó con una mano mientras la otra me tapaba la boca. Entonces me dejé ir, sentí una descarga eléctrica en las piernas y mi cuerpo se convulsionó. Cuando me destapó la boca todavía jadeaba. Me recosté y él se agachó a  mi lado. Me pidió que me quedara allí tumbada, se sentó sobre mí y empezó a agitar su miembro hasta correrse encima de mí, me lo restregó por los pechos y después de lamerlo, me besó y se quedó tumbado a mi lado.

Volvimos a casa, subí a ducharme y vestirme. Cuando bajé a la cocina mi tía ya estaba allí:

-Me ha dicho Sergio que has aprendido a ordeñar.

-Sí…

No se me había dado nada mal, y había probado el sabor de la leche…

Laura notó enseguida la chispa en mis ojos, supo que algo había cambiado. Se lo conté y  me confesó que ella también se había acostado con mi primo, ella y otras cuantas chicas más del pueblo… Y yo que pensaba que la vida aquí era aburrida. La escena del establo se volvió a repetir, alguna noche en mi habitación, en el baño, en alguna excursión de pastoreo…

Una tarde, Sergio nos acompañó a Laura y a mí a la charca a bañarnos. Hacía mucho calor y nos reíamos por el camino diciendo que deberíamos bañarnos desnudos. Cuando llegamos allí, no había nadie más, nos miramos y pensamos: «¿por qué no?». Nos quitamos la ropa y nos metimos en el río los tres. Aunque el baño fue muy refrescante, era imposible quitarse la sensación de calor. Sergio empezó a besar y acariciar a Laura mientras yo nadaba, los miré sintiéndome un poco violenta al principio. Ella me hizo un gesto con la mano y me acerqué, él me besó también, ahora lo entendía, era parte de un juego.

Laura empezó a acariciar mis pechos y yo los suyos, eran muy suaves. Nos besamos y entrelazamos las piernas frotándonos la una contra la otra. Salimos del agua y me tumbé sobre las piedras, lisas y calientes, me abrasaba la espalda, pero el agua fría hacía que fuera soportable. Laura se acercó gateando hacia mí, su mirada lasciva me excitaba, abrí las piernas para dejarla hacer, qué bien lo comía, lo hacía realmente bien. Sergio no se quedó observando y se colocó detrás de Laura, la agarró por las nalgas y la penetró. Me moría de ganas por ponerme en su lugar, dando placer y recibiéndolo a la vez. Al principio lo hice con mucho cuidado, nunca había dado sexo oral a una mujer, pero pensé en cómo me gusta recibirlo a mí y procuré hacerlo así. A ella pareció gustarle, y yo disfrutaba viéndola así cuando llego Sergio y me penetró a mí. Después se tumbó él y Laura empezó a comerse aquel miembro que tan buenos ratos me había hecho pasar, yo me puse detrás de su cabeza y me puse en cuclillas para que él pudiera tocarme y comerme. Laura entonces se sentó sobre él y empezó a follarle, era como una amazona sobre un caballo de carreras, apretaba los dientes cuando bajaba el ritmo y él se sacudía hacia arriba, era como si no la dejara parar. Se clavó las uñas en los pechos mientras el orgasmo la invadía. Sergio me tumbó entonces de lado y pegando su pecho a mi espalda, volvió a penetrarme, separó mis piernas con las suyas y me acarició el clítoris lentamente, sus dedos hábiles trazaban círculos mientras me susurraba al oído todo lo que quería hacerme esa noche en casa. Laura estaba tumbada frente a mí, jugando con mis pezones, los lamía, los pellizcaba y les dio un apretón justamente cuando me corría. El juego no había terminado, y mientras Sergio se puso de pie, nosotras nos quedamos de rodillas, compartiendo su gran miembro con las dos bocas, una lamía hacia arriba, la otra hacia abajo; una acariciaba los testículos mientras la otra se la metía entera en la boca. Las dos lamíamos cuando se corrió en las dos bocas a la vez.

Fue, sin duda, mi mejor verano.

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